• 09Sep2014

    20-3-05

     Querido Pablo:

    Ayer hablamos, lo cual siempre me da gran alegría y como quedamos, antes de oir la entrevista que te han hecho, yo te diré lo que pienso sobre el sufrimiento.

    En primer lugar pienso que hay dos grandes tipos de sufrimiento. El sufrimiento que, por decirlo de algún modo, nosotros nos buscamos y es fruto de nuestras irreflexiones. Y el otro es el sufrimiento que llamaríamos redentor. Este es el fruto natural de la vida, de las circunstancias, etc. Y que cuando se asume de modo libre, dejando que madure y haga su trabajo en nuestro interior, produce madurez, libertad, conocimiento real y verdadero de lo que es la esencia de la vida, del hombre, de las cosas y por encima de todo, de Dios.

    Dentro de este bloque hay otros dos tipos de sufrimiento, el físico y el moral. Los dos tienen sentido. Y lo digo porque, (aunque solo fuera por eso, que no es así) sin el sufrimiento hay muchas cosas en la vida y de la vida que no podríamos conocer ni comprender. Nada hay en la vida que sobre para el crecimiento y la maduración integral de una persona. Y yo diría que el sufrimiento es una palanca fundamental de este proceso. Lo grande de la fe es que no nos ahorra nada de realidad, sino que nos “obliga” a meternos en ella como hizo Jesús. Si El no hubiera sufrido como sufrimos todos (aunque algunos piensen que por tener muchas cosas no sufren) no nos serviría su experiencia, porque no sería un hombre como nosotros. “Como fue uno de tantos” “aprendió sufriendo”. ¿A qué? a obedecer, dice la Escritura, a someterse a la Voluntad de Dios, a las leyes de la naturaleza y a las del propio ser del hombre.

     El sufrimiento físico. Nos topamos con él muy fácilmente. No ha falta que sean grandes cosas. (Como todo en la vida, no podemos esperar a que sucedan cosas extraordinarias que puede que nunca lleguen. La vida hay que aprender a ir leyéndola en las pequeñas cosas –o grandes a veces- que nos ocurren, viendo qué sentimientos y actitudes despiertan en nosotros). El dolor físico, sea menor o mayor, pero prolongado en el tiempo, te hace enfrentarte con tu yo más profundo. ¿Por qué? De entrada porque, aunque sea de modo inconsciente, el que ha sido sano no concibe ser de otra manera. Sabe que tiene fuerza, que puede abarcar mucho. Parece que nada se le pone por delante que no se pueda superar. La salud da seguridad y confianza.

     De repente llega el dolor (prolongado, sea grande o llevadero) y parece que esa imagen interna se tambalea, “los pilares de la tierra” que somos cada uno, ya no están inconmovibles como antes…Empiezas a ver que cuesta más hacer las cosas habituales, a veces incluso mucho. Y lo que es peor ¡ves que eres frágil! ¿tienes puntos vulnerables! Ya no eres aquel “ser pletórico” que se comía el mundo, sino que ves que eres débil y que ese dolor, cuando es muy intenso, tiene una fuerza impresionante y que desconocías hasta ese momento.

     Entonces se plantea el momento de tomar una decisión: o te rebelas o aprendes a vivir con él y dejas que te enseñe.

    Si te rebelas contra él lo pasas mucho peor porque es el dolor el que te dominará a ti sin que puedas alejarlo de tu vida por mucho que lo desees. (Aquí dos aclaraciones: 1ª no rebelarse no quiere decir no buscar medios de aliviar o curar el dolor, que es obligatorio. 2ª: Esta situación te enseña que hay cosas en la vida sobre las que no tenemos ningún poder, por mucho que queramos, y estas cosas sobre las que no tenemos ningún poder, es decir, no podemos manejarlas a nuestro antojo, muchas veces son las más importantes que tenemos en la vida y una de las cosas de este grupo es el dolor, sea del tipo que sea, pero también estaría el amor verdadero, que ni se compra ni se vende, ni se impone. SE DA. Y estará en todo Dios, y en este grupo en primerísimo plano)

     Si asumes el dolor, tienes que aprender a vivir con él y esto no es fácil. Tienes que hacer un sobreesfuerzo para muchas cosas pero entonces ¡sorpresa! Como Dios nos hizo tan bien, empiezas a descubrir en ti resortes que te ayudan a superar muchos obstáculos y horas de desánimo y además va creciendo sin que tú sepas cómo. (como la semilla que planta el sembrador en la parábola del evangelio) una fortaleza de otro tipo que no sabías que tenías. Y poco a poco (a veces muy poco a poco) empiezas a dominar el dolor. Eres señor/ra del dolor, por fuerte que éste sea. No sé si me explico. Ya no es el dolor el que te domina a ti, sino que tu cabeza, tu corazón y tu cuerpo saben que habrá de vivir con este “inquilino permanente” y no le consienten que les anule y les impida vivir en plenitud.

     Cuando digo vivir en plenitud quiero decir como persona, disfrutando de la vida todo lo que se pueda. El dolor te hace tomar conciencia de que hay límites (a veces muchos), de que no puedes hacer muchas cosas. Pero también es hora de empezar a aprender las “clases prácticas” que nos ofrece el dolor: por una parte te enseña a valorar todo lo pequeño de la vida que tantas veces se nos escapa con tanto correr y trabajar. Te abre los ojos a una nueva realidad: que la vida, por larga que sea, siempre es corta y que no podemos dejar que se nos escape entre los dedos como arena o como agua. Y vivir no es sólo trabajar, correr. También es eso pero no es sólo eso. La vida tiene que tener un sentido mucho más profundo, porque si no, no valdría la pena haber nacido. Yo diría, usando una imagen que me parece impresionante y realista aunque parezca una bobada, que el hombre vuelve a tomar contacto con la tierra (la tierra material quiero decir, la tierra de donde nacen las flores). Un contacto que nunca debió perder de una forma u otra porque hace ser muy realista. La tierra nos enseña el proceso de toda vida: germinar con esfuerzo, nacer, necesitar cuidados, esforzarse para sobrevivir y, más o menos pronto, debilitarse y morir (o que te maten…).

    Enseña a valorar los detalles que hacen felices a los demás, precisamente porque tú los necesitas. Te recuerda que el tiempo que se va ya no vuelve y que las oportunidades que perdiste para dar amor y felicidad especialmente a quien más lo necesitaba o más cerca tenías, ya no volverán, se irán vacías o llenas, pero no volverán. Vendrán otras, pero no ésas y puede que cuando quieras cogerlas sea tarde porque la otra persona se haya ido (y eso deja un dolor que nadie puede quitar).

     Al ponerte frente a tu debilidad, al ver que no llegas a muchas cosas, o lo que te cuesta hacerlas, o que tu carácter cambia por la medicación (esto lo vas aprendiendo a base de reflexionar y tratar de percibirte a ti misma y tus reacciones) te enseña a entrar en el camino de la comprensión y de la misericordia. Cuando tú ves a una persona delante de ti, muchas veces no sabes si está sufriendo dolores o no, pero cuando lo has vivido en carne propia ves más allá de lo que ves. Percibes el dolor de los demás y esto crea una sintonía que no sé cómo explicarte mejor. Nace un gran respeto por los demás y crea unos lazos profundos y duraderos.

    Es curioso pero esto, aunque nadie nos lo enseñe, lo percibimos: en seguida nos damos cuenta de quien va de “víctima” por la vida o haciendo apologías baratas del dolor como si fuera lo mejor que te pasa en la vida (estas personas apenas saben de verdadero dolor) y la diferencia con la dignidad que da el dolor cuando se vive con sentido. EL DOLOR ES INEVITABLE EN LA VIDA.

     El sufrimiento moral tiene mucho en común con lo que he dicho hasta ahora, pero también tiene sus cosas peculiares. Para mí es mucho más duro que el físico porque, no sé bien cómo decirlo, el físico afecta a tu cuerpo pero el moral afecta al sentido incluso con el que vives ese dolor de tu cuerpo. Y si el sentido del dolor se nubla, el dolor por sí sólo es absolutamente aniquilante.

     Aguantar dolor genera mayor resistencia ante el dolor (siempre teniendo presente lo que dije antes de que es necesario tratar de aliviar o quitar cuando que se pueda el dolor) pero sobre todo en el caso del dolor moral, no hay pastillas. Es lucha permanente y si los cimientos no están bien puestos, o procuras reforzarlos aprisa o se te desmorona todo.

    El sufrimiento moral es mucho más subjetivo que el físico. El dolor físico está o no está, no hay más. Pero el sufrimiento moral es terriblemente complejo porque afecta a nuestra capacidad de sentir, de pensar, a nuestros valores, creencias, etc. A NUESTRO YO MAS PROFUNDO. Para el sufrimiento así, cada uno tendrá que aprender según su modo de ser, quiero decir que no hay baremos ni predicciones. No hay datos empíricos que nos permitan establecer unas reglas como puede suceder con el físico.

     En el dolor moral hay una dimensión que aunque también esté en el físico yo la veo aquí mucho más asentada y es la SOLEDAD que produce. En ambos, llega un momento en que has de enfrentarte a ello sólo porque aunque los demás quieran y hagan todo lo posible, hay una zona en la que nadie puede entrar. Es verdad, ante las grandes opciones y momentos de la vida, llega un punto en que estás SOLO, aunque estés rodeado de gente esplendida que daría lo que fuera por ayudarte y aliviar tus sufrimientos.

    Esto a mí me sobrecoge porque es como si una persona se pusiera ante lo más sagrado de su interior: su libertad, su capacidad de elegir, su dignidad, su grandeza y a la vez su fragilidad. También aprender esto es importante porque a veces nos aferramos a los criterios ajenos, que nos eximen de tomar nuestras propias opciones.

     También, como decíamos ayer, a mayor sensibilidad, mayor sufrimiento. Es lógico. La sensibilidad te hace penetrar y captar mucha más cosas y por lo tanto “el campo de posibilidades” de sufrir se amplía en proporción directa a la sensibilidad. Tú no sufres por algo que no sabes ni sientes, sino por lo que sabes y sientes. Luego = a mayor capacidad de ver, saber y sentir, mayor gozo y mayor sufrimiento.

    Todo en la vida puede tener grandes dosis de ambigüedad, es decir, puede ser bueno o malo según cómo lo vivamos, y aquí pasa lo mismo.

     De todos modos yo, que me incluyo entre los de gran sensibilidad, lo prefiero con creces porque la vida la percibes con mucos más matices y si quieres, puedes ver muchas más cosas buenas que malas, y no porque las inventes o cierres los ojos a lo negativo, sino porque tratas de ver lo bueno de las cosas y no sólo lo malo, que ya se ve sin esfuerzo…

    Por todo lo dicho me sobrecoge la Oración del Huerto a la que voy muchas veces y de la que saco fuerza siempre. Todo esto lo vivió allí Jesús, por eso sufrió hasta sudar sangre. ¡se nublaba el sentido de su dolor! = aniquilamiento total, pero una vez que se enfrentó en SOLEDAD a su dolor y OPTÓ = afrontó = miró de frente su dolor, y no salió corriendo ni rompió con el Padre, le vemos caminar a la Pasión con una entereza que sobrecoge.

     Bueno, creo que ya está bien, ¿no?

    Un fuerte abrazo y hasta pronto.

    Pilar

    Carta de Sor Pilar a un amigo
    3 (60%) 1 vote

Actividades 2016 / 2017

Actividades 2016 / 2017

Estamos en

La Barca de Buda. Comunidad del Interser
C/. Moravía 6, local
41003 – Sevilla

Contacto:
Gregorio Hidalgo: 954901606; 652601432
Mail: goyointerser@gmail.com

Los días y horarios son los siguientes:

Martes de 19.30 a 21.00
Jueves de 19.30 a 21.00

Archivos

Categorías